Exposición Mons. Oscar Ojea (Obispo de San Isidro y Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina) Acto de apertura Semana Social 2018

Queridos amigos, la Iglesia ofrece año tras año este espacio de reflexión y de diálogo acerca de nuestra realidad social. Acuden a él personas de distintos pensamientos, de distintos orígenes ideológicos, de distintas historias, experiencias y miradas sobre el país. También de distintas edades, lo que nos pone muy felices.

Mi presencia aquí en nombre de mis hermanos Obispos, quiere significar nuestra honda preocupación por este momento particular que vive nuestra Patria. Sabemos que la Iglesia tiene una enorme capilaridad y que nuestras diócesis comparten y asumen a través de sus comunidades lo que se vive en cada rincón de la Argentina. Decíamos los Obispos en la Carta del Año 2004: “que la mayor inmoralidad de nuestra deuda social reside en que ésta se da en una Nación que tiene condiciones objetivas para evitar o corregir tales daños pero que lamentablemente pareciera optar por agravar aún más las desigualdades”. Pensamos sinceramente que el nivel de inequidad en la sociedad en la que vivimos es enorme y cada vez se acentúa más. Sin querer entrar a dar demasiados números, digamos que según el INDEC 8 de cada 10 argentinos tienen ingresos mensuales inferiores a los $ 20.000. Ante esta realidad es imposible que la iglesia no deje de afirmar que al ajuste no lo tienen que pagar los pobres.

También estoy aquí, porque en estos días vamos a reflexionar sobre el magisterio social del Papa Francisco. Leemos mucho en los medios de comunicación sobre Francisco: distintas interpretaciones de sus gestos, a quien recibe y a quien no recibe, si está contento o si se enoja, si mandó este Rosario o no lo mandó. Pero cuando se trata de su palabra y su magisterio, principalmente del magisterio social, se mira para otro lado. En el país del Papa se escamotea el pensamiento del Papa aunque se hable demasiado sobre él y muchos se crean dueños de interpretar sus intenciones.

Frente a la doctrina que presenta el Papa, muchas veces miramos para otro lado porque su palabra interpela seriamente, compromete la vida, invita al cambio y a la conversión y nos pone ante el desafío de pensar realidades nuevas. Basta poner como ejemplo el último documento que firmaron el Dicasterio de Desarrollo Humano Integral y el de la Doctrina de la Fe presentando nuevas normativas éticas acerca del sistema financiero internacional y proponiendo alternativas más humanitarias ante las consecuencias desastrosas del capitalismo salvaje. Este texto nos pone ante el enorme desafío de emprender

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una reflexión ética sobre ciertos afectos de la intermediación financiera cuyo funcionamiento habiéndose desvinculado de fundamentos antropológicos y morales apropiados, no sólo ha producido abusos e injusticias evidentes sino que se ha demostrado también capaz de crear crisis sistémicas en todo el mundo.

Miramos para otro lado cuando el Papa Francisco nos propone un nuevo modo de escucha en su mensaje para la Jornada Mundial de los Pobres del próximo 18 de noviembre. Allí nos invita a escuchar su grito. Su reflexión parte del Salmo 74: “El pobre gritó y el Señor lo escuchó”. Ese grito que nos desacomoda y nos molesta como cuando los Apóstoles querían hacer callar al ciego de Bartimeo cuando estaba sentado junto al camino y llamaba a Jesús a los gritos. Allí el Señor nos enseña un nuevo modo de escuchar que atraviesa la selva de sonidos para poner de relieve lo más importante, el grito del pobre.

Si nos escuchamos sólo nosotros mismos tapamos el grito verdadero y tantas veces queremos hablar sólo para escucharnos! Cuando nos apuramos a dar recetas de escritorio, como si la caridad fuera beneficencia, seguimos silenciando el verdadero grito. Recordemos ese pasaje del Evangelio en que el Señor lo manda llamar y con un inmenso respeto por su persona le pregunta: “¿Qué quieres que haga por ti?”, para que luego con la vista recuperada, pueda integrarse en el camino junto con todos los demás siendo protagonista pleno y experimentando una auténtica pertenencia a la comunidad. Escuchar es un arte. Jesús nos invita a hacerlo, escuchando lo que está detrás de las palabras, lo que late en el corazón de aquel que vive la angustia de la carencia.

Para acercarnos a los gritos que claman desde la situación de tantos jóvenes nuestros que están sumidos en la tragedia de la droga, desde aquellos que padecen la falta de trabajo o vislumbran en el horizonte que pueden perderlo, desde la precariedad de los vínculos y desde tantas otras formas de violencia, es necesario ser testigos directos de todas las necesidades que expresan. De lo contrario caeríamos en la contradicción de hablar mucho de los pobres pero estar muy poco con ellos. Esta es una responsabilidad irrenunciable de los dirigentes políticos y sociales: entrar en contacto directo con los rostros concretos de la pobreza que no se contienen en números ni estadísticas sino en historias y vínculos humanos, dejarse atravesar por el grito verdadero para poder promover a cada persona en su dignidad más profunda.

Se mira para otro lado también cuando se legisla el aborto, que no es un derecho sino un drama. Hemos agregado un nuevo drama a la inestabilidad social, perdiendo la oportunidad de legislar buscando nuevas formas de acompañamiento para las madres con embarazos no deseados. Como si los argentinos careciéramos de esa hospitalidad básica y

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genuina del ser humano de hacer un lugar en el banquete de la vida a todos los que son llamados a ella preparando una casa común digna de ser habitada por todos. Quien piensa en la legitimidad de este modo cruel de descarte y de exclusión no ha entendido el mensaje de Laudato Si ́, ni lo que significa la conexión y la interdependencia de todas las vivencias humanas y la naturaleza misma, cuyas leyes debemos respetar para cuidar el Planeta.

Miramos para otro lado también cuando perdemos de vista los pasos concretos que debemos dar para saldar nuestra enorme deuda social. A mi modo de ver, el primer paso está vinculado a profundizar la cultura del encuentro, redescubriendo nuestro sentido de pertenencia a la comunidad nacional y nuestra identidad como argentinos. Esto supone una lucha muy grande contra corriente, frente a una cultura altamente individualista que desarrolla una progresiva desvinculación del individuo con el medio social.

Cuando el Papa Francisco habla de Patria, la distingue de la noción de país y de Nación. País es la configuración geográfica, Nación es la institución legal y jurídica de los que se han comprometido a vivir bajo determinadas leyes, la Patria es la madre, la herencia que nos han dejado nuestros padres para disfrutar y transformar. Es lo que se ha puesto en nuestras manos. Es el desafío de vivir nuestra responsabilidad frente a la vida capitalizando los bienes recibidos de los mayores. Un país y una Nación pueden recuperarse de la ocupación de su territorio o de una crisis institucional pero si se pierde la Patria es difícil recuperarse. Es muy triste ser huérfano de Patria y el proceso de esta orfandad no es de ahora. Es un proceso que lleva décadas y va minando esa capacidad de encontrarnos los argentinos, nos va encapsulando en esta orfandad. De a poco vamos perdiendo la referencia de los padres que nos ha sido dada para hacerla crecer y llevarla adelante con utopías nuevas.

Estoy convencido que el primer paso que debemos dar para reconstruir una cultura del encuentro es unirnos en una misma sensibilidad para poder escuchar el grito del pobre del que hablábamos hace un rato. Porque como dice Francisco en Evangelii Gaudium “Ellos tienen mucho que enseñarnos. Además de participar del sentido de la fe en sus propios dolores conocen al Cristo Sufriente. Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos. La nueva evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y a ponerlos en el centro del camino de la Iglesia. Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos” (198).

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La escucha profunda de las necesidades de los hermanos nos ayuda a experimentar la conciencia de sentirnos pueblo, es decir, participantes de una historia común con una pertenencia y una identidad que se van forjando a través de vínculos fraternos y solidarios.

Después de haber dado este primer paso que nos va uniendo en una sensibilidad común y que parte del afecto entrañable que se forja a través de vínculos concretos, podremos avanzar respetando la diversidad de nuestras miradas como las caras de un poliedro, en la construcción de una Patria más humana y más justa.

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 CUANDO         

La semana Social se llevará  a cabo del 22 al 24 de junio de 2018.

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